¡Aquí está bien detallado y estudiado el «vaso campaniforme visigótíco de Guarromán» del que tanto nos habló el recordado Alfonso Alcaide Noguera!
Sea esta publicación un homenaje a su memoria.
¡Aquí está bien detallado y estudiado el «vaso campaniforme visigótíco de Guarromán» del que tanto nos habló el recordado Alfonso Alcaide Noguera!
Sea esta publicación un homenaje a su memoria.

Embalse del Rumblar (Baños de la Encina. Jaén)
El Pantano del Rumblar le debe su nombre al principal rio que lo abastece, cuyo nombre proviene de Herrumblar, o río que lleva hierro o tiene el color de él, aunque también se le haya conocido como río Grande y Guadalevín.
Es Baños de la Encina es el municipio que le da cobijo y que sustenta su tradición gastronómica, basada en la rica actividad cinegética de Sierra Morena que enriquece y da variedad a su cocina, la llamada “carne de monte”, basada en los sabrosos adobos preparados con hierbas aromáticas de la sierra, y luego frita con aceite de oliva virgen extra, y en el que el exponente gastronómico que más sobresale es el “venado a la bañusca”. Propio de los cazadores es el conejo al ajillo, o el preparado en pleno campo sobre unas ascuas de jara y que por tal motivo recibe el nombre de “conejo al jarón”.
Un monumento culinario de las comidas que tienen al aceite de oliva virgen como principal ingrediente es el tradicional “cucharro”, que no es otra cosa que un trozo de pan, “un canto”, al que se le extrae la miga, llamada “sopa”, llenando el “hoyo” que deja a modo de cuenco, con bastante aceite de oliva virgen extra de los olivos de la tierra, un poco de sal, un ajo restregado si se quiere, y el “churre” de un tomate maduro estrujado. Volvemos a colocar la “sopa” en el “hoyo” ya relleno e iremos dando cortes al pan con la navaja para ir acompañando de este modo, ya sea un trozo de bacalao, una sardina arenque o un buen “tocino entreverao”, mientras que nos iremos ayudando con alguna aceituna “machacá”. Este plato es uno de lo que no necesita de él para tomarse pues se come desde la misma mano, y toma su nombre de la calabaza seca a la que se le hacía una brecha en la panza para trasegar vino o vinagre de una tinaja a otra. Hoy constituye una suculenta tapa en los bares de la comarca.
Baños de la Encina celebra la romería dedicada a su patrona la Virgen de la Encina, en mayo, y también tiene su plato festivo y tradicional como es el “rollo bañuelo”, hecho con una masa de carne picada y amasada con pan rallado que se rellena de jamón, tocino y huevo duro, y que se pasa por la sartén para dorarlo y luego se deja cocer en agua con vino.
Los “harapos”, también conocidos como “andrajos”, y llamados aquí así por el aspecto de tela rota que tiene su masa, están hechos con liebre y perfumados con hierbabuena, y su masa se elaborado a partir de una “torta de pastor” de las que se utilizan para guisar el gazpacho manchego. Estos “harapos”, fieles a la tradición, se acostumbran a tomar en la misma sartén en la que se hacen por el viejo rito de la “cuchará y paso atrás” que marca la cortesía en la gastronomía campera.
Sierra Morena suministra a la concina del Pantano de Rumblar los llamados “espárragos de piedra”, de inconfundible y hasta exquisito sabor amargo, y que se suelen tomar en tortilla o acompañando un “arroz con liebre”, plato que nos introduce en la cocina de los cazadores, que se prepara en pleno campo y en la que predominan los llamados “entomataos” y las “papas con conejo”.
Las huertas propias de la zona y los nuevos cultivos bajo abrigo, proporcionan los pimientos rojos y carnosos que una vez asados constituirán junto al aceite de oliva virgen extra y unas aceitunas negras, la base de la “pipirrana de pintahuevos”, donde terminarán troceados los tradicionales huevos pintados de la Pascua de Resurrección en el pueblo cercano y hermano de Guarromán.
© José María Suárez Gallego
El Lazarillo de Tormes robándole el vino al ciego que acompañaba.
Miguel de Cervantes nos perfiló a don Quijote y su fiel escudero Sancho como los arquetipos de las dos obsesiones que han inquietado secularmente a los españoles: El cómo cubrirse de gloria sea como sea (el egolatreo), y, sobre todo, el cómo llenar la andorga cada día sea como sea (el pesebreo). La gloria del “ser” y el hambre del “tener”, caiga quien caiga y al precio que sea, que ya, como siempre, pagará el más tonto que arree.
Mientras que a Inglaterra la identificamos con los escritores victorianos, y a Alemania con sus filósofos y pensadores, a Francia con los ilustrados, y a Italia con el Renacimiento, la literatura que nos representa a España ante el mundo entero, es la de la picaresca y los bandoleros.T
Todos los personajes del Lazarillo de Tormes, Rinconete y Cortadillo, el Buscón, el Licenciado Vidriera, Guzmán de Alfarache y tantos otros, son ciudadanos de una misma patria, súbditos del Reino de Trinconia, en el que no hay nada más que dos estirpes, las mismas que el bueno de Sancho Panza pone en boca de una de sus abuelas al final del capítulo de las Bodas de Camacho: “Dos linajes solos hay en el mundo, […] que son el tener y el no tener”.
La cuarta acepción de la segunda voz del verbo transitivo “trincar” en el diccionario de la Real Academia Española es: robar, tomar para sí o hurtar. El Reino de Trinconia es pues el país en el que el robo está interiorizado de forma endémica. En el país de Trinconia se tiene asumido que el que no roba es porque es tonto o más bueno que el pan. Su moneda oficial es el eufemismo, porque éste es el capote dialéctico con el que toreamos las palabras y descabellamos los conceptos que ellas albergan. Los capotes, como los eufemismos, tienen mucho de impostura, porque con los primeros ponemos la bravura del toro al alcance de la puya del picador para desgastarle su fiereza, y con los segundos le arrebatamos a las palabras lo que de fieras y puyazo tienen. Los eufemismos han tratado siempre en el Reino de Trinconia de ponerle el disfraz de “políticamente correcto” a las actuaciones incorrectas de los políticos y sus acólitos. No es justo decir que “los políticos son unos sinvergüenzas”, más bien habría que decir en honor a la verdad “que hay muchos sinvergüenzas metidos a políticos”, o a directivos de estamentos pseudo oficiales que son patios de Monipodio y cuevas de Ali Babá.
Llamarle a la suegra madre política es un ejemplo de lo que suele hacer un eufemismo sin piedad alguna. No es la palabra suegra la que se percibe como deterioro del sagrado concepto de madre, sino es el de política quien parece envilecerla. Llamarles daños colaterales a las víctimas civiles de una guerra, o regulación de empleo a un despido masivo, tienen los mismos fundamentos y amparan los mismos argumentos que llamarles suavemente “hijos de mala madre” a los “hijos de puta” que los han provocado.
La gastronomía es fuente de “sabrosos” eufemismos, regalándonos algunos de plena actualidad. Así, quien nos aburre con su discurso es un “pestiño”; quien se traga sin rechistar los argumentos de un discurso político es un “come talegas”; quien pese a todo sigue apoyando reiteradamente a quien lo engaña, es un “papa frita”; quien justifica como bueno y necesario lo que hace quien lo está engañando es un “mendrugo”; el ladrón que se lleva lo que no es un suyo es un “chorizo”; quien se va dejándonos su deuda, lo ha hecho endiñándonos una “cebolla”, y más que privarlo de libertad hay que “meterlo en el talego” para que no siga ”aliñándonos las cuentas” con las que nos da “gato por liebre”.
Dame pan y dime tonto, parecen decir algunos en este Reino de Trinconia pese a que “ser más bueno que el pan” sea el eufemismo más castizo de tonto. Muchos luchan por ganarse el pan cuando otros no han dejado de untarse con la manteca de la corrupción. Ya lo decía Voltaire: “Entre lobos, conviene aullar de vez en cuando”.
¡Que la tortilla siga cociendo por dónde menos nos la quemen, antes de tener que darle la vuelta!
© José María Suárez Gallego
Publicado en Diario JAÉN el viernes 11 de agosto de 2023
Solía decir la tía Virtudes, vieja relimpia ya nacida viuda, según contaban maliciosamente, la cual manejaba el legón con más arte y más fuerza que un hombre, que la cultura la daban en las escuelas pero la vergüenza se repartía con la teta. Y no le faltaba razón, pues habiendo fallecido su marido, carne de pozo minero, siendo ella muy joven no tuvo más remedio que agarrarse a la huerta y llevar su luto de por vida con la decencia del lomo doblado a pie de noria.
Aunque no sabía ni de cuentas ni de escrituras, no despreciaba las cosas del saber, pues a pesar de decir que las letras en los libros parecían hormigas en busca de su hormiguero, gustaba oir lo que en ellos se decía, aunque no fuera más que por no hacer alarde de su obligada y no menos injusta ignorancia.
Tienen las tierras de Jaén en los pueblos que le dan entrada por el norte, los que fundó Carlos III, y en el Fuero de Población que los gobernó hasta 1835, un tesoro para la cultura universal de lo popular, desde cuando de este modo se dijo en uno de sus artículos: «Todos los niños han de ir a las Escuelas de primeras Letras, debiendo haber una en cada Concejo para los Lugares de él; situándose cerca de la Iglesia, para que así puedan aprender también la Doctrina y la Lengua Española a un tiempo». Pocas cartas pueblas o constituciones del Orbe conocido en aquel 1767, tenían artículos con la fuerza cultural de éste, que hacía residir en el agricultor que sabía leer y escribir, y trabajar el campo, el nervio de la fuerza de un Estado.
Se casó la tía Virtudes en una aldea de estas poblaciones y en ella pasó su larga viudedad, y fue su mayor tarea durante la misma que sus hijos encontraran en las filas de hormigas que las letras hacían en los libros, el hormiguero que les diera la sabiduría. No olvidaría nunca aquellos tiempos, antes de los sesenta, en que no se había inventado la semana inglesa en esta Celtiberia y los niños no iban al colegio el jueves por la tarde. Aprovechaba entonces para bajar con otras mujeres a lavar al rio por la mañana, tender la ropa al medio día y esperar a que la tarde secara las únicas sábanas y las únicas camisas blancas de los domingos. Entonces vendrían los niños a comer a la orilla del rio y al anochecer ayudarían a subir la canasta de la colada hasta el pueblo.
Preparaba Virtudes para ese día una perolilla de pavo de huerta, carruecano cogido a pie de mata y cocinado por la noche en aceite de oliva. Unas rodajas de chorizo y una guindilla darían ánimos a los brazos que como dos remolinos chapoteaban los cuellos de las camisas en el agua del rio. Los niños buscaban el escondrijo que alguna rana despistada compartía con un cangrejo y en los intermedios metían en el pavo un sopón de pan a modo de cuchara y con eso se contentaban.
Y la tía Virtudes soñaba que si volviera a nacer aprendería a leer y escribir, que siempre sería mejor saber lo que ponía en las letras del lagarto que venía dibujado en el jabón, aunque bien pensado para entonces ya no habría ríos ni niños que a sopetones se comieran el carrueco en aceite en el tremolar de las blancas sábanas y las camisas que siempre la vergüenza tuvo por bandera.
© José María Suárez Gallego
Hay que ver lo que les gusta a los aventadores de miedos oponerse por sistema a todo lo nuevo, por bueno y conveniente que parezca. El negacionismo a todo lo que innova, cambia o evoluciona, es un problema de los que confunden el significado emocional de tres adjetivos que parecen sinónimos sin serlo: “antiguo”, “viejo” y “rancio”. Casi todo lo antiguo es admirable, casi todo lo viejo es venerable, pero todo lo rancio siempre acaba siendo vomitable.
El ilustrado Pedro Rodríguez de Campomanes, fiscal factótum del rey Carlos III, en su famoso “Discurso sobre la educación de los artesanos” (1775), que dio lugar, entre otras cosas, a la creación de las Sociedades Económicas de Amigos del País, se refería al caso de fray Juan de Medina, que dos siglos antes, en el XVI, ya pedía que no se le acusara del “delito de novedad”.
Claro está, en un país en el que lo “nuevo” llegó a ser considerado delito, se le acaba tributando fanática sumisión no a lo viejo –tantas veces venerable–, ni tampoco a lo antiguo –tantas veces admirado–, sino a lo “rancio” y a su hedor inmovilista y vomitivo.
Siempre he pensado que lo que le da el justo sabor vitalista al popular cocido es precisamente la novedad del tocino fresco que luego se pringa en el pan tierno, y no el ambiente en familia en el que siempre se han comido sus tres vuelcos con pan duro.
Antológica es la anécdota que me contaba el recordado y buen amigo, compañero comendador de la Orden de la Cuchara de Palo, Diego Rojano Ortega, sobre el filósofo y ensayista catalán Eugenio D’Ors, cuando al bajar del tren en Zaragoza lo esperaba a pie de andén un amigo castizo hasta las trancas que le dijo a modo de recibimiento: ”Vendrá a mi casa… Y comerá un cocido en familia”. D’Ors, desde la retranca que gastan como nadie los hijos del Mediterráneo, murmuró por lo “bajini”: “Precisamente las dos cosas que más me molestan: la familia y el cocido”. Debió pensar el ilustre filósofo catalán que, tanto en el cocido, como en la familia, son donde más afloran los garbanzos negros, y a veces hasta se cuela el tocino del “cuñadísmo” más rancio.
Konrad Adenauer, el padre de la nueva Alemania que surgió después de la locura hitleriana, decía, no sin razón, que “no hace falta defender siempre la misma opinión porque nadie puede impedir volverse más sabio”.
Quien es capaz de aceptar como algo natural la mutabilidad del Universo –el cambio constante–, acaba por desabrocharle la blusa al propio inmovilismo, y descubre que la vida en esencia se mueve y nos conmueve, y con ello nos airea y nos ventila.
Por eso me preocupan tanto los que dicen que nunca han cambiado un ápice su manera de pensar. La ranciedad a la que suelen oler sólo les sirve de coartada para no admitir que, pese a todo, se nos brinda cada día la posibilidad de volvernos un poco menos garbanzos negros y menos tocino rancio en un universo que inevitablemente se expande, achicándonos hasta los límites infinitesimales de lo ridículo en una idea inmutable.
En la década de los noventa del pasado siglo XX, tuve la oportunidad de asistir a un acto como cronista oficial, en el que coincidí en un ágape con el entonces obispo de Jaén, monseñor García Aracil, don Santiago, quien conocedor de mi condición de maestre prior de la Orden de la Cuchara de Palo, me preguntó sobre el dilema en gastronomía de si vino blanco o vino tinto. “Cada momento tiene su vino, monseñor” –le respondí por salir airoso del dilema planteado–. A lo que él contestó: “Yo creo que el mejor de los blancos siempre es un buen tinto”.
Vivimos en esta campaña electoral el empecinamiento de los que se obcecan en “derogar el vino tinto” sin habernos dejado claro qué vino blanco elaboran ellos, y con qué tocino rancio lo sirven de tapa.
¡Con la Iglesia hemos topado, Sancho! Yo le haré caso al recordado monseñor don Santiago, y votaré por el vino tinto, para que no se nos acabe atragantando el vino blanco con el tocino rancio que algunos pretenden ponernos como tapa inelegible y única.
© José María Suárez Gallego
Artículo publicado en Diario JAÉN el viernes 14 de julio de 2023
Hoy, viernes de la octava del Corpus Christi, se celebra la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, patrón del pueblo del que soy su cronista oficial, Guarromán.
En 1988, año en el que se conmemoraba el bicentenario de la muerte del rey Carlos III, monarca fundador de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, esta Real Población no fue ajena a la “ilustracionmanía” que inspiró muchísimos actos celebrados con tal motivo en nuestro país, y que en nuestro pueblo sirvió, sobre todo, para afianzar más sus señas de identidad como pueblo a través del conocimiento más amplio de su historia y de sus tradiciones. En ese ambiente resurgió ese año en Guarromán una devoción al Sagrado Corazón de Jesús más palpable, más notoria, siendo celebrada su festividad en 1988 con una mayor participación en los actos, ya fueran religiosos o lúdicos, de todos los guarromanenses, que se tradujo en el esplendor con el que se llevó a cabo la procesión de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús por las calles de nuestro pueblo, cortejo que contaba por primera vez con el acompañamiento de una banda de música de la talla y el prestigio de la de La Real Carolina, cerrándose los actos festivos con una animada verbena y un baile popular que se prolongó hasta el amanecer.
Se confeccionó ese año de 1988 un programa de mano que se distribuyó a todos los vecinos, en cuya portada se reproducía la del programa que se editó para la bendición e inauguración del monumento en 1950, y el himno al Corazón de Jesús que con tal motivo se cantó entonces, además de unos interesantes apuntes de Juan Ramón Rizo Merino sobre algunos pormenores de la erección del ya citado monumento, y que fueron el inicio de diversas colaboraciones escritas por varios autores sobre aspectos de la devoción de los guarromanenses a su santo Patrón, que vieron la luz en sucesivos programas hasta mediados los años noventa del pasado siglo XX.
En el año 1948, viaja a Madrid el entonces párroco de Guarromán, Juan Antonio López Valero, para adquirir unas imágenes para la parroquia, incluida una de cemento comprimido del Corazón de Jesús con la idea de que se hiciera un monumento dedicado a Él. En varios meses se puso en funcionamiento la comisión y el amplio equipo de personas que habrían de recabar el dinero para tal fin. Se escribió al entonces subsecretario de Justicia, Francisco Izquierdo López, con el fin de solicitarle una cantidad importante de dinero que ayudara a poner en pie el monumento. Curiosamente Francisco Izquierdo estaba casado con Antonia Guillén, descendiente directa del alcalde Lucas Guillén y Púger –posiblemente su nieta— cuya familia promovió la devoción en Guarromán al Sagrado Corazón de Jesús en el siglo XIX de una manera formal y organizada. El 5 de junio de 1950 el monumento fue bendecido e inaugurado.
De nuevo, este año, los guarromanenses acudirán a su santo patrón a implorarle lo que ya le pidió aquel 5 de junio el entonces alcalde de Guarromán Luciano Alcaide Noguera, cuando se inauguró el monumento dedicado a Él que preside el paseo principal de nuestro pueblo: “Señor, Señor, bendice / al pueblo que te adora. / Y que a tus pies postrado / te aclama con fervor. / Bendiga nuestras casas / tu imagen redentora, y vela por nosotros / Tú que eres Buen Pastor. / Da frutos a nuestros campos, / da brillo a nuestra historia, / aliento al caminante, / constancia al labrador, / da vida a nuestra vida, / a los muertos la gloria. / Bendice a Guarromán, / bendícele, Señor.”
Desconozco el autor de esta oración, por mucho que he indagado en los 37 años en el ejercicio como cronista oficial de este pueblo, pero sea quien fuere, le agradezco que no se olvidara de pedirle al santo patrón que “de brillo a nuestra historia”, encomienda ésta que implica directamente la labor del cronista oficial y que conlleva el compromiso de que más que dejarle un mejor Guarromán a las generaciones futuras, se trata de trabajar por dejarle unas inmejorables generaciones de guarromanenses al Guarromán del futuro.
© José María Suárez Gallego
Publicado en Diario JAÉN el viernes 16 de junio de 2023
Hay veces que ante la Puerta del Destino te das cuenta de que hay cosas que no te cuadran, pero como matemático y poeta te consuela comprobar que, desde los tiempos de Pitágoras, dos catetos, una hipotenusa y un ángulo recto, han resuelto la ecuación de sus relaciones cordiales.
Tras la Puerta del Destino siempre hay una playa en la que naufragar, la Playa de los Paramecios, en la que no dejan naufragar a nadie que sepa Geometría, con mayúscula. Es cuestión de escuadra, compás, y saber nadar y guardar la ropa de quedarte desnudo ante la Nada.
Lo peor de cumplir años, y yo los cumplo pasado mañana, es que cada vez se hace más persistente en ti la idea de que has cruzado ya, y al sprint, las metas volantes más decisivas del tour de tu vida.
Llega un día en el que, sin saber por qué, uno toma conciencia de que lo que hasta ahora había sido escalar el puerto que te llevó a las primeras canas, casi sin sentir y sin la necesidad de culear sobre los pedales, una vez culminado, se vuelve cuesta abajo y ruedas a la velocidad precisa en la que el miedo a sentir miedo te hace dar unos leves toques a los frenos con el disimulo y el sigilo del que nunca ha roto un plato.
La caída por esa cuesta es imparable. El sabor de la llamada del tiempo ya es ineludible. Cuando lo has probado es inevitable que cada mañana te levantes con un regusto último a ausencias irresolubles. Los sabores se aprecian o se desprecian, pero no se llega a comprenderlos jamás. Es el Destino, te dicen, pero piensas que sería una putada –no tiene otro nombre– caerte de la bicicleta vital en este preciso momento cuando ya te has enterado de hacia dónde corres.
Es cuando tomas conciencia de que es el momento de “desambiocionar”, de ser consciente de que muchas cosas que has ambicionado en la vida no han servido para hacerla más viva en ti. Llega el momento de decir que no cuando es que no, y saber no estar dónde y cuándo no vale la pena estar. El día que descubres que estás catalogado como prescindible descubres el valor que tienes para los que no lo eres. Ya me lo decía mi contertulio El Caliche: Si quieres saber quién es alguien, fíjate en cómo te trata cuándo ya no te necesita.
El vivir de cada día nos suscita a cada paso la eterna duda entre optar por la seguridad de un futuro resuelto, o elegir el riesgo y la incertidumbre de no saber si mañana amaneceremos pez, sonrisa o patada en la entrepierna. Woody Allen, en su ya legendaria encíclica en blanco y negro Manhattan, se planteaba el «además» que le pedía a la vida el hombre que había conseguido asegurarse el plato de lentejas diarias. La sociedad competitiva en la que nos derramamos cada mañana al levantamos, nos adiestra cumplidamente en el positivismo del «vale más pájaro en mano que ciento volando«, y una vez enjaulado el pájaro de nuestra seguridad, el «además» que le pedimos a la vida es que no se nos niegue la capacidad de soñar con los cien pájaros que siguen volando. ¡Ojalá veas tus sueños realizados, aunque tengas que apechugar con ellos y sus consecuencias! Es la peor maldición que he oído.
Con el tiempo todo deja de doler o de importar. He visto a lo inolvidable volverse olvido, y a lo imprescindible ser arrinconado como unos zapatos viejos. Pero, convéncete, no hay instantes vacíos. Todos hay que llenarlos de intensidad, seguro de que nada perdura más allá de la hora del desencanto.
¡Uno añora aquellos tiempos en los que sólo había un tonto oficial por pueblo, y era un pan bendito de lo buena persona que era! Ahora más que tontos sin maldad, nos sobran malos con muchas tonterías, que haberlos háylos y en cantidad, y cada vez más, de lo que doy fe como purga de mi alma, y procurando que los paramecios no se enteren para que me dejen naufragar en su playa desprovisto de todas las geometrías imposibles.
Después de que nos hayamos ido sólo quedarán los paramecios que han de devorarnos, dando fe de que nos hemos ido esperanzados de que no se olvidarán de nuestro nombre, santo y seña, por si volvemos y ya no nos recuerdan.
© José María Suárez Gallego
Publicado en Diario JAÉN el viernes 19 de mayo de 2023
Hay veces que ante la Puerta del Destino te das cuenta de que hay cosas que no te cuadran, pero como matemático y poeta te consuela comprobar que desde los tiempos de Pitágoras, un ángulo recto, dos catetos y una hipotenusa, resolvieron la ecuación de sus relaciones cordiales.
Tras la Puerta del Destino siempre hay una playa en la que naufragar, la Playa de los Paramecios, en la que no dejan naufragar a nadie que sepa Geometría.
Cuestión de escuadra, compás y saber nadar, para que no te quiten la ropa de quedarte desnudo ante la Puerta del Destino.·.
© José María Suárez Gallego
La pertinaz sequía como argumento de desastres está tan enraizada en la idiosincrasia española, como lo está en el argumentario festivo la celebración de centenarios con un “vino español” y sus gambas en gabardina .
Se dice, con algo de resentimiento, que España es una patria que conmemora sus centenarios alimentándolos con gambas en gabardina. Es decir, con poca gamba y mucho relleno. Es el “ni chicha ni limoná” de nuestra cultura gastronómica que contagia la forma de planear los proyectos importantes en este país. Y a eso le unimos lo de acordarnos de Santa Barbara cuando truena, y del santo patrón del pueblo cuando no llueve, recurriendo a las gambas en gabardina para salir del paso con una tapa que llena la andorga con cierto postín siendo barata.
Tristemente no llueve, y añoro aquel curso que hice cuando las nieves del tiempo comenzaron a platearme el bigote, titulado: «Delimitación y acotamientos de charcos para no meterse en ellos». Lo mejor fueron las prácticas al aire libre junto a las orillas de los charcos en los que uno no quería meterse por nada del mundo.
¡Cuánto aprendí entonces para sobrevivir en esta selva de falsos tarzanes, de leones de medio pelo y poco rugido, de lianas que se rompen al mirarlas, y muchas monas Chita de Amazón!
No soy el único a quien se le ponen los pelos como escarpias cada vez que se topa con alguien que se arroga el privilegio de hablar en nombre de Dios, porque la mayoría de las veces, tras esta sutil prerrogativa de los que se atreven a interpretar los deseos divinos, acaban escondiéndose sutiles pretextos para justificar intereses económicos –algunos inconfesables–, ambiciones de poder –muchas insaciables–, y personalísimas soberbias –con bastante “santa ira” –. ¡Hasta para hacer que llueva!
Uno, que ya cuenta en su haber con acantilados y precipicios en los que rugen los desencantos y aúllan los espantos, ha conocido a sesudos ateos que de tanto negar a Dios han acabado creyendo en él, y a “piadosos” creyentes que portaban con la misma desfachatez hipócrita la cruz en el pecho que el diablo en los hechos.
Unos cantan “¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva!”, los otros “¡Que no llueva, que no llueva, la bruja de la cueva!”. Cuando la realidad es que tiene que llover a cántaros.
Mi relación con los charcos es de amor y odio. Mi abuela Encarna, de niño, me regaló unas botas para meterme en los charcos cuando lloviera, y la pertinaz sequía de aquellos años dio lugar a que las botas se me quedaran pequeñas y nunca me las pude poner, ni meterme en los charcos como Dios manda. Desde entonces siempre envidié a Gene Kelly, que pudo cantar bajo la lluvia un año antes de que yo naciera, ¡y meterse en los charcos saltando sobre ellos!
Yo suelo presumir sin piedad ególatra de media docena de cosas: De haberme casado con mi mujer y de seguir con ella, de llevar 35 años sin fumar, de que Fray Leopoldo siendo yo niño me tuviera en brazos, de que me bautizarán en la misma pila que a Alonso Cano, de que la NASA me diera una beca, y de, como buen “granaíno”, tener registrado el dominio malafolla.es que lleva a mi blog, en el que siempre procuro tender puentes para salvar todos los charcos. Aunque nunca le perdonaré a Gene Kelly que no me esperara a que yo naciera para cantar juntos bajo la lluvia metiéndonos en los charcos de la alegría, y no en los de crearle desconcierto, miedo y odio al prójimo.
¡Ah, presumo de dos cosas más! De cantar por las mañanas mientras me afeito aquello de “pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”, y de cantar el bolero de Manzanero “esta tarde vi llover, vi gente correr…” ¡Y no estaba yo, ni falta que hacía!
Con los años aprendemos que, si en la juventud fuimos capaces de desafiar todas las reglas de los pantanos, ya de mayores nos arriesgamos a secundar todas las excepciones de las sequías, con la esperanza de que algún día podamos sentirnos como cuando no queríamos mojarnos por nada del mundo.
¡Y pensar que yo de mayor quería ser niño y meterme en todos los charcos!
© José María Suárez Gallego
Publicado en Diario JAÉN el viernes 21 de abril de 2023

El Cronista Oficial de Guarromán en el discurso inaugural de la Casa de La Ilustración.
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Durante la segunda mitad del siglo XVIII la Historia de España va a contemplar cómo el espíritu reformador de la Corte de Carlos III alumbrará lo que conocemos como el mejor espíritu de La Ilustración. La pasión de «verlo todo claro» y la manifiesta oposición de los hijos del siglo XVIII a soportar el misterio y el oscurantismo, darán a esta centuria el apelativo de Siglo de las Luces, fenómeno éste que no será privativo de los ilustrados españoles, sino que habría de calar en los “eclairés” franceses, en los intelectuales germanos de la Aufklárung, o en los británicos del Enlightenment. Europa y América van a verse inmersas en una fiebre innovadora que emanaba desde la razón.
El rey Carlos III, sobre todo después del «Motín de Esquilache», cuya escusa costumbrista fue debida a querer cortar la longitud de las capas largas y subirles las alas a los tradicionales sombreros de ala ancha para dejarlos convertidos en los típicos “tres picos” que tanto identifican la indumentaria del siglo XVIII, buscando que los malhechores no ocultaran su cara tras ellos para delinquir, se rodeará de un equipo de gobierno en el que cada uno de sus ministros tiene una reforma en cartera encaminada a procurarle al pueblo la felicidad que éste no podía lograr por sí mismo. En esta esfera de influencia gravitarán nobles de rancio abolengo, como es el caso del Conde de Aranda, llamado a presidir el Consejo de Castilla, junto a otros nobles como Campomanes, Floridablanca, Múzquiz y Jovellanos, que desde sus puestos de responsabilidad habrán de diseñar los cambios económicos que traerían consigo, sin duda, las pretendidas reformas sociales.
Como primera medida los ilustrados de Carlos III vieron necesario dinamizar las estructuras agrarias, anquilosadas secularmente por los mayorazgos (herencia de los nobles concentrada en el mayor de los hijos) y las manos muertas (propiedades agrarias improductivas de la Iglesia). Se trataba, en suma, de crear una nueva clase de propietarios agrícolas extraídos de los grupos menos favorecidos, senareros y jornaleros primordialmente, a los que se les cederían tierras, 50 fanegas (unas 33 Ha.) por familia, bajo determinadas condiciones de arrendamiento y de usufructo, que hasta el momento habían supuesto para la Real Hacienda unas fuentes de producción mal rentabilizadas, o no explotadas. Se pretendía, a fin de cuentas, propiciar una sociedad modelo cuyos componentes «deben estar destinados a la labranza, cría de «ganados, y a las artes mecánicas, como nervio de la fuerza de un Estado[…porque] todo país en que la agricultura no florece, será siempre desdichado, porque con ella todas las artes se fomentan y adelantan, y sin ella todas se debilitan y se pierden», como dejaría escrito el propio Pablo de Olavide.
La inauguración de un magnífico auditorio en Guarromán con el nombre de la “Casa de la Ilustración” es una buena muestra de que el espíritu ilustrado sigue vigente hoy en este pueblo, y está llamado a ser la luz que haga posible que otros vean. Luz de cultura, luz de conocimiento, luz de respeto, luz de tolerancia, luz que en definitiva apague la mayor de tolas las tinieblas: La obscuridad de la ignorancia.
En mis treinta siete años como cronista oficial de esta Real Población del Sitio de Guarromán, he comprobado que un pueblo es lo que sueña su alcalde. Y Pablo de Olavide nunca pudo imaginar que su sueño como intendente tuviera un tan extraordinario reflejo en el sueño de este alcalde, Alberto Rubio, al que como cronista oficial me uno dispuesto a soñar realidades como ésta en favor de nuestro pueblo y nuestra comarca.
Esta Casa de la Ilustración es, como la propia Ilustración lo fue en el Siglo de las Luces, un faro luminoso que diluye las tinieblas de la incultura promoviendo la capacidad de ser libres desde la dignidad humana, fieles a la letra del himno de Andalucía: “Hombres de luz, que a los hombres, alma de hombres le dimos.” Ese es el compromiso de la Cultura entendida como un arma cargada de futuro para la libertad y el progreso.
© José María Suárez Gallego
Publicado en el Diario JAÉN el viernes 24 de marzo de 2023

